LA BALNEA

Los romanos eran grandes aficcionados a los baños termales, y desarrollaron una importante arquitectura balnearia cuyo legado aún perdura. En As Burgas, además de los usos religiosos, existió también un uso lúdico e higiénico para estas aguas, como atestiguan los restos encontrados de un pequeño establecimiento balneario, una balnea de la misma época que el santuario.

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La estructura del edificio seguiría seguramente la distribución habitual en el Imperio; una secuencia de salas a distintas temperaturas dispuestas de forma progresiva; un recorrido circular que evitase cambios bruscos de temperatura a la entrada y la salida. Primero se encontrarían los vestuarios, después la zona de baños calientes (Caldarium), un ambiente intermedio moderadamente calefactado, una sala fría (Frigidarium) y una piscina (Natatio) que por lo general estaba al aire libre. Alrededor de estas estancias era habitual la existencia de salas de masajes, unciones, vapor o depilación. De hecho, entre los restos excavados se han encontrado varias piezas destinadas a estos usos, como por ejemplo los estrígilos. La calefacción de este espacio se conseguía a través de un sistema de hypocaustum; túneles y tubos de aguas caliente y vapor que se extendía por debajo de los suelos de las estancias y piscinas, alimentados por una serie de hornos que se hallaban en los sótanos.

Este establecimiento se mantendría en activo hasta el siglo III d.C. Después, se hace el silencio en esta zona, y no es hasta el siglo XIII que podemos encontrar nuevos datos sobre la historia de estos famosos manantiales.

TERMALISMO EN LA EDAD MEDIA

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Se considera normalmente el Medievo como una época oscura para el termalismo en Europa, ya que la Iglesia católica no veía con buenos ojos esta práctica. La historia de As Burgas es casi una excepción, pues es precisamente ésta quien protege los manantiales y los pone al servicio del público: según relatan las crónicas, en el siglo XIII ya existían en la zona baños diferenciados para mujeres y hombres.
La continuidad en el uso de las aguas tiene mucho que ver con la posición de Ourense en el camino a Santiago de Compostela, ya que los peregrinos hacían parada aquí para descansar y curar sus heridas. De esta época se conserva, por ejemplo, una pequeña talla de Santiago Apóstol en azabache que funcionaría como un «talismán» de protección, un santiaguiño para llevar en el sombrero del peregrino que, con el tiempo, sería reemplazado por la concha de la vieira.

A esta segunda ola de peregrinaciones, mucho después de los romanos y su culto a Revve y las ninfas, contribuyó también la figura del Santo Cristo de la Catedral, una de las tallas más veneradas aún hoy en la ciudad y de la que se decía que bajo sus pies nacía el agua «milagrosa» de As Burgas.

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